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A veces las cosas no suceden como cabe esperar, pero ello no significa que
no sucedan como deben suceder... A menudo el destino tiene sus propios
métodos y maneras para maravillarnos, alcanzando sus fines más remotos e
inesperados...
Existe una verdad secreta que pocos conocen. Todos los árboles viven, eso lo
sabemos, nos lo enseñan en el colegio, así como a cuidarlos, aunque muchos
olvidan esto. Pero hay ciertos árboles que viven de una forma que pocos
pueden imaginar. Éstos árboles tienen conciencia, sienten y piensan, se
motivan por banalidades como los hombres, y se enojan, asustan y sufren como
cualquier otro ser vivo con libre albedrío. Algunos de ellos pueden moverse,
aunque sólo lo hagan cuando nadie mira, otros en cambio son incapaces. Unos
hablan, otro sólo escuchan. Y todos, sin excepción, bailan al son del
viento, cantando con el roce de sus ramas. Hay muchas clases de árboles
conscientes: abetos, encinas, sauces llorones, almendros, ficus de troncos
retorcidos... Pero del que vengo a hablaros, es un laurel de las indias.
El secreto que nadie sabe y que procedo a revelar aquí en un susurro
escrito, es que todos estos árboles conscientes tienen un dama que los
cuida, los anima y da conversación. Esta dama es en esencia como su árbol,
aunque en forma puede adoptar múltiples posibilidades.
He aquí el relato de uno de estos árboles conscientes, desde sus comienzos,
hasta donde debe narrarse: resulta que una vez, por capricho del hades o de
cualquier otro limbo, un inmenso árbol dejó caer una de sus semillas. Lo
habitual en aquel bosque es que sus retoños crecieran extendiéndose en la
planicie, como en los últimos milenios, pero esta vez no fue el caso. Cuando
la semilla calló al pasto, a los pies de este gran árbol, el viento la
recogió y llevó lejos. Se trató de una ráfaga enviada o no por algo mayor.
Algunos pensaron que era el destino, esas fuerzas inmensurables que lo hacen
todo, pero otros pensaron que el viento es el único que se mueve sólo, a su
propio ritmo, y que la semilla viajó por mera casualidad. El caso es que
viajando grandes leguas, cruzando campos yermos, saltando ríos y pasando
desapercibida entre hombres y otros habitantes de la tierra que podrían
haberlo arruinado todo, llegó a caer a una charca que hasta ese momento no
era más que lodo.
Tal vez la porquería y la inmundicia engendraron la vida, alimentando la
semilla, y así nació un loto en tono azulado. Fue una flor bellísima, cuyas
hojas flotantes pronto cubrieron el pantano, creciendo y creciendo, hasta
que un tallo fue capaz de elevarse del agua. Así nació aquel árbol
consciente. Aquel tallo se irguió cuanto pudo, alimentándose de la
podredumbre del pantano, purificándolo, y así sus aguas quedaron cristalinas
y bellas. Aquello que una vez fue una ciénaga, se convirtió en un lindo
bosque. Los árboles retorcidos de alrededor se estiraron buscando la luz.
Los helechos, marrones y arruinados, cogieron un color verde vivo. El suelo
arcilloso se cubrió de pasto y florecillas de diferentes colores. Brotaron
setas de todas las formas y sabores, acudieron animales de todos los
lugares, piaron los pajarillos y nacieron los peces en la charca. Aquel
sitio se convirtió en un bello oasis en mitad de aquel lúgubre bosque.
Fue entonces cuando nació ella: la dama del árbol. La primera semilla que
un árbol consciente deja caer no es para reproducirse, sino para traerla a
ella al mundo. Ésta calló desde las ramas bajas, y fue a parar al agua
cristalina. Y allí, en las profundidades, nació U, una sirada. U no era un
hada, ni una sirena, era una sirada. Fue diminuta y nunca creció. Pronto le
crecieron largos y oscuros cabellos sobre una tez marrón. Cuando estaba
sumergida tenía el cuerpo de una preciosa sirena, y cuando emergía, adoptaba
la forma de un hada sin alas.
U cuidó por largo tiempo de su árbol consciente, con quien hablaba. Habitó
entre sus raíces sumergidas, entre sus ramas en lo alto de su copa, y en el
interior de su tronco, donde nadie podría encontrarla. Fue feliz, aunque
siempre ansió muchas cosas. Hasta que un día apareció alguien que le invitó
a echar un vistazo más allá de aquel lugar encantador, a internarse entre
los árboles retorcidos que crecían alrededor del oasis en que vivía, y a
conocer la realidad de un mundo cambiante e inmenso... Ella renegó desde un
principio, sin querer saber, pero un día se despertó con la duda, y lloró
con la idea de abandonar su árbol y aquel lugar maravilloso en que se sentía
protegida, al que pertenecía. No podía abandonar su árbol, ni sus aguas
cristalinas, ni sus ramas y hojas... Adoraba demasiado ese lugar mágico...
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El Árbol Consciente |
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La Sirada |
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Memorias Olvidadas |
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Darka Treake |
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Relatos
paralelos:
La Corona Radiante
El Árbol de las Mil Estrellas
Las Piezas de Puzle
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Gaillimh & Luimneach |
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(Próximamente) |
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La Sirada |
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No era una hada, ni una
sirena. Era una sirada... |
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2010 |
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Este cuento no está
disponible online |
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Si existe una historia que pueda ser un
cuento de hadas, un cuento de piratas,
un cuento de amor y de lucha por la
libertad, de crecimiento personal y de
cambio, una historia de odio familiar en
que haya cabida para la política y el
idealismo, en el que aparezcan tanto
hadas, como gnomos o árboles parlantes,
monstruos, reyes y brujas, príncipes
desterrados, lugares de sueño y objetos
mágicos, venerados como reliquias de
épocas remotas, ese cuento es La Sirada...

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Lista de capítulos |
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Prólogo.
El Trono Vacío de Ëndolin |
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1.
EL Árbol Consciente |
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2.
El Rey Goromer, de Grrim |
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3.
Teether, el gnomo amigo de U |
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4.
Grorro, el gigante |
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5.
Las Piezas de Puzle |
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6.
La celda subterránea |
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7.
La hoja del árbol |
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8. Las Espadas Gemelas del Rey
Reconquistador de Himn |
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9. El Árbol de las Mil Estrellas |
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10.
La Corona Radiante |
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11.
La Planta Triste |
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12.
Retirada |
| 13. Una
promesa en alta mar |
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14.
La flor más bella del Mundo |
| 15. El
payaso del hielo |
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16.
El Atolón |
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17. El
cofre cerrado |
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18.
Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino |
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19. La Bruja del Mar |
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20. Caira, Señora del Atolón |
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21. Debajo de la mesa |
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22. La jaula esférica |
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23. La Morada del Viento
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24.
Las Alas |
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25. Metamorfosis |
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Epílogo I |
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Epílogo II |
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El
Mundo conocido por los hombres a principios del S. XVII
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