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Llovía
incesantemente. Era una de esas tormentas silenciosas, en las que no truena,
simplemente las nubes descargan sobre el mundo todo cuanto tienen, sin
sentirse satisfechas, sin dar síntomas de querer parar. El bosque estaba
completamente en silencio, salvo por el incesante sonido del chaparrón. Las
copas de los árboles retorcidos filtraban las gotas, que llegaban al suelo,
empapando la tierra, y desprendiendo ese olor a húmedo tan maravilloso que
tienen los bosques.
Lyda volaba velozmente, buscándola. Estaba completamente calada, empapada
como nunca antes lo había estado. En aquel momento sobrevolaba el bosque, en
la forma de un gran dragón de escamas rojas. Las tremendas alas se llevaban
consigo las incesantes gotas, mientras batían el aire enérgicamente.
Aquel hechizo le había costado a Lyda mucho esfuerzo, y estaba realmente
cansada. Pero el logro le había valido la pena. Era algo que siempre había
querido hacer, pero que su conocimiento de la magia mutable no le había
permitido, hasta aquella noche.
Cansada, divisó un arroyo que bajaba, alimentado por la lluvia. Y ella,
desde el cielo, tomó su curso, internándose en la tormenta. Voló sintiendo
aquella libertad que sólo las aves pueden sentir, dejándose flotar bajo la
tempestad.
Y así llegó hasta donde el arroyo desembocaba en bonitas cascadas a un
estanque.
Entonces la vio, sentada a su orilla, mirando el dragón rojo acercarse.
Lyda descendió todo lo despacio que pudo, hasta aterrizar en la orilla
opuesta a la chica. Ésta ni se inmutó ante la bestia.
El estanque era claro, y Lyda habría visto el fondo si no fuera por su
superficie quebrada por la lluvia. Algunos nenúfares aun flotaban, y más
allá, estaba la chica.
Sus ropajes grises estaban completamente empapados, y estaba sentada con los
pies descalzos metidos en el agua. Tenía el pelo tan largo que llegaba hasta
descansar sobre la arena del estanque.
Hasta hacía un instante, a su alrededor debía haber una docena de ranas, que
se acaban de marchar saltando, asustadas por la bestia en que Lyda llegaba
trasnformada.
- ¿Sois un dragón que viene a devorarme, o sólo a pedirme consejo?- Dijo.
- He venido a pediros ayuda.- Vocalizó el dragón desde su poderosa
mandíbula, mientras de ella salían vapores.- ¿Sois Lluvia, la Señora de la
Tormenta?
Ella asintió.
- ¿Cuál es vuestro nombre, dragón?
En ese momento, el dragón comenzó a menguar. Sus tremendas alas
empequeñecieron, hasta transformarse en dos brazos. Sus escamas rojas se
fundieron hasta convertirse en piel, y su poderosa cabeza fue regresando a
su forma original.
Lo que antes era un gran dragón rojo, ahora era una preciosa muchacha, cuya
melena pelirroja estaba completamente empapada. Lyda comenzó a caminar
alrededor del estanque.
- Mi nombre es Lyda de Lis. Y como veis, no soy un dragón, sino una
hechicera. Venía buscándoos, Lluvia.
La chica permaneció sentada, hasta que Lyda se sentó junto a ella. La lluvia
se mantenía incesante, y el sonido al llegar al estanque era precioso,
acompañado del chocar contra las hojas alrededor. Era un momento, sin duda,
mágico.
- ¿Qué queréis de mí, Lyda de Lis, Señora de la Magia Mutable?
El título dado halagó a Lyda, que le habló muy seria.- Necesito vuestra
ayuda.- Lluvia asintió.- He de rogaros que me ayudéis en una tarea que puede
ir contra vuestros principios, y que podría desatar graves consecuencias.
Pero lo que voy a pediros me mueve a mí, y a otros, a correr tal riesgo.
- Decidme.- Dijo Lluvia.
- Os pido que me ayudéis a invocar a una poderosa criatura, capaz de cumplir
cualquier deseo.
- ¿Por qué razón no debería ayudaros? ¿No sería de agradecer que pudiera
cumplir mi mayor deseo?
- ¿Cuál es tal deseo, Señora de la Tormenta?- Dijo Lyda.
Ella miró hacia arriba, donde las espesas nubes cubrían todo en millas a la
redonda.- Quiero ver el sol.- Dijo sintiendo las gotas caerle directamente
sobre el rostro.- Quiero ver las estrellas, y quiero ver la luna. Quiero
saber la diferencia entre el día y la noche, ver el juego de coloridos del
cielo...- Suspiró, abriendo los ojos.- Me gustaría ver una vez el cielo.
- Esta criatura, Lluvia, podría concederos ese deseo. Pero yo voy a rogaros
que me ayudéis, y que a pesar de ello, no le pidáis que os lo cumpla.-
Lluvia la miró si comprender.- El precio por un deseo concedido por Gingoen*,
se paga muy caro. Lo sé por propia experiencia...- Esas últimas palabras
sonaron muy bajo, hasta que solo se escuchó la incesante lluvia sobre el
estanque.
- ¿Por que debería entonces ayudaros, Lyda de Lis?
- Porque sin vuestra ayuda, Lluvia, Señora de la Tormenta, no podré pedirle
que se cumpla mi deseo...
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