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ngelica se despertó
al escupir una buena cantidad de agua. Un vómito que le salvó la vida. Estaba
echada sobre un armazón de madera, con los pies aun en el agua, y con todo
empapado. Levantó la cabeza aturdida, y frente a ella había un hombre que no
había visto nunca. Ya no existía la tormenta. Hacía un día precioso y soleado.
Era como volver a nacer, como si después de la muerte existiera algún tipo de
paraíso, y allí hubiera ido a parar ella. Estaba sobre la cubierta de un barco
zozobrado. En circunstancias normales, la cubierta de aquella nave habría estado
varios metros sobre el nivel del mar, pero ahora estaba casi hundida. Era la
parte de popa, y la de proa estaba prácticamente bajo el agua. A su alrededor,
un mar tranquilo y apacible, irreconocible después de lo vivido. Más allá, una
costa de sueño, una espesa selva y arrecifes prominentes. De allá provenía una
singular música que le reconfortó... Diferentes instrumentos de cuerda y viento
que ella no llegó a reconocer, una balada cálida, hermosa en aquel escenario de
sueño...
- ¿Estás bien,
mujer?- Dijo el hombre que la Capitana Black tenía delante. Habría dicho que
vestía como cualquier otro rufián, salvo porque sus ropajes alguna vez habían
sido buenos y caros, ahora raídos y demacrados. Un sombrero ancho demostraba
categoría, y dos espadas al cinto, dispuestas a lo que se presentase.
Angelica, asintió,
tratando de incorporarse.
- ¿Qué ha pasado? Lo
último que recuerdo fue mi nave yéndose a pique...- Dijo ella.
Él se echó a reír. -
Eldor el Torturado. Un condenado a mantenernos lejos de estas tierras... Pero
descuida, ya somos dos. Ahora estás a bordo de mi barco, el Sin Fin, o lo
que queda... Con él muere una leyenda.- Cayó un segundo a respirar.- Soy el
Capitán Svenson. Bienvenida seas a las Islas de los Bardos.- E hizo una
orgullosa reverencia con el sombrero.
Angelica reaccionó al
instante echándose para atrás de tal manera que casi cae al agua. Se levantó y
fue a buscar su sable, pero ya no estaba colgado a su cinto, ni vaina, ni nada
de nada con lo que matar a aquel pirata mal nacido.
Éste, al verla, dio
un paso levantando la mano en forma reconciliadora.- No temas... No te haré
daño. No es verdad todo lo que se dice de mí...- Y se rió arrogante.
- Espera...- Increpó
ella, no le quería más cerca de la cuenta.- ¿Cómo he llegado hasta aquí? No
puede ser... Lo último que recuerdo es aquella tormenta odiosa...
- Yo tampoco me lo
explico, preciosa, simplemente has llegado con la marea. Las olas te trajeron
hace un rato, y por fin has despertado.
- ¡Pero yo venía
buscándote! ¡He navegado desde el Atolón, he cruzado los Mares de Eldor, he
perdido mi barco y a mi tripulación, para encontrarte! ¡Y no sé cómo pero he
sobrevivido a todo eso, así que te daré muerte aquí y ahora!
El Capitán Svenson se
echó a reír como nunca antes lo había hecho.- ¿Y cómo piensas matarme? Has
perdido tu espada en la tormenta...- Y su risa continuó tras sus palabras.
Angelica, decidida,
dio un paso, y otro y otro. En su rostro se dibujaba tal expresión de ira
contenida, de ansia por matar a aquel hombre, que él calló y retrocedió sobre el
armazón del Sin Fin naufragado.
Svenson levantó una
mano.- Espera, espera... Esto no tiene sentido, ¿no crees? No vas armada, y yo
no quiero matarte...- Desenfundó sus dos espadas con soltura.- Aun no me has
dado ninguna razón para hacerlo...- Ella continuó avanzando a manos desnudas.-
Dime, ¿cuál es tu razón para matarme?- Dijo Svenson.- Ni siquiera sé tu nombre.-
Y se encogió de hombros sonriendo irónico.
Ella llegó frente a
él, aun muy seria, y se detuvo a escasas pulgadas de sus espadas.- Soy Angelica
Black, Capitana de la Rosa de los Vientos. Tú mataste al Capitán de la Piedra, y
he venido a vengar su muerte.- Y le propinó tal puñetazo que hizo que Svenson
cayera al agua. Angelica, decidida, se tiró detrás. Si no tenía un arma afilada
para matarle, usaría sus propias manos. |