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Por
toda la plaza resonaron las campanadas desde allá a lo alto, anunciando la
medianoche, la hora señalada. En aquel momento, tenebroso, nadie andaba por
la plaza del pequeño pueblo, salvo una persona extraña, extranjera. Vestía
una gabardina marrón que caía, arrastrada por la fría brisa nocturna, hasta
mostrar unas pesadas botas de piel, de la mejor calidad. El cuello de la
prenda se elevaba atrevido hasta toparse con el gran sombrero de ala ancha,
y en lo alto, una pluma negra izada. Una oscuridad impenetrable ocultaba ese
rostro cansado, bien curtido.
Aquella persona extranjera caminó con paso firme
cruzando la plaza solitaria, sin estremecerse al oír las campanadas. Desde
alguna parte de la plaza alguien observaba con ojos curiosos, pero no le
importó, y continuó hasta un gran tablón situado en el centro, junto a un
gran pozo negro. Se detuvo en seco frente a los carteles que allí colgaban y
arrancó uno con decisión. Uno de entre todos ellos, rostros de
desaparecidos, víctimas de la incertidumbre, padres, hijos, todos añorados…
Aquella persona se guardó el cartel con el dibujo de un hombre más, se dio
la vuelta y anduvo en silencio hasta perderse por una callejuela oscura…
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Prólogo a
Kelpie, la Dama del Amanecer |
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Memorias Olvidadas
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Darka Treake |
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