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El
Caballero avanzó unos pasos tras la puerta, se acercó cuanto pudo, y escuchó a
alguien hablar en la habitación contigua.- Esconde esto lejos, lo más lejos que
puedas...- Un portazo advirtió que alguien huía con algo importante, y tras unos
segundos, la puerta a través de la que espiaba el Caballero se abrió con un leve
chirrido. Una gran habitación quedó frente a él, su forma circular quedaba rota
donde un trozo de pared se había desprendido. Por el gran hueco que había
dejado, una bocanada de aire entraba, y, cruzando hasta escabullirse por una
gran ventana rota, mecía la capa del guerrero que esperaba ansioso a su
enemigo... El Caballero dio unos pasos más, entrando así en ella, y resonaron
sobre la madera húmeda. Ambos se miraron fijamente, y entre ellos apareció un
odio mutuo.
Un hombre, en cuyo rostro se apreciaban el paso de las guerras y el peso de las
cargas, esperaba al caballero desde allá donde viniera, listo para derrotarle.
Portaba una gran espada entre sus manos, y la sostenía amenazante frente a él.
- Sabes que no la tendrás jamás. Muchos son los que han venido antes que tú a
por ella, y hoy no será el día en que atraviese los muros de esta arruinada
ciudad.
- Yo no quiero luchar contigo, tan solo quiero la Corona... Nos pertenece por
legítimo legado de aquellos que la hicieron. Dámela ahora, y podrás descansar ya
tranquilo.
- No será tuya. Siempre ha estado aquí y no lograréis arrebatársela al único
legítimo pueblo, dueño de ella desde siempre. Muere ahora bajo mi espada o huye
para no volver, de una u otra manera lograré que así la olvides...
- Lo siento anciano, no me dejas otra opción. Me batiré contigo si así lo
deseas, y si es la única manera de obtener lo que me pertenece, pero que me
perdonen mis antepasados por derramar más sangre innecesaria...
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