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La
Alta Estirpe de Quivarén llegó a la costa occidental de Aradán, allí donde
termina en altos acantilados, al pie de las más altas montañas de lo que fue la
isla. Un tiempo pasó el navío en un puerto natural, entre riscos y escarpadas
navajas de roca que surgían del mar. Lo llamaron el Palacio de Roca. Cuando
consiguieron escalar los altos acantilados se maravillaron con las tremendas
montañas. Ascendieron hasta sus cimas nevadas, y por un tiempo ahí convivieron.
Tres de ellos
llegaron a la cima de los acantilados: Líamo, Ikëo y Kalhia. Nunca se pusieron
de acuerdo con quien llegó primero, aunque al principio eso no les importó.
Vivieron en lo
alto de las montañas, ajenos al resto de elfos, sin siquiera plantearse si
habría alguien más en aquel mundo al que habían llegado. Allí se encontraron con
los dragones, quienes les enseñaron a cuidar las montañas, pues no eran un bien
que perteneciera a nadie. Los elfos de Quivarén y los dragones entablaron gran
amistad. Más tarde por ello serían bien conocidos, y admirados. En cruentas
guerras debieron montar a sus hermanos dragones para marchar a la batalla...
Pasó un tiempo
en que los elfos y los dragones convivieron en armonía, hasta que éstos les
advirtieron que habían visto a otros elfos más allá de sus montañas. Se trataba
de la Alta Estirpe de Anaereá, y el encuentro entre ambas civilizaciones fue
bueno. Los Anaereanos eran otros elfos que también habían llegado del mar, y que
se estaban esparciendo por toda la isla. Según dijeron, había muchas otras razas
de elfos que también habían llegado a la isla.
El
descubrimiento fue increíble... Los elfos de Quivarén se dieron a conocer por
los demás, recibiendo una buena acogida, pero jamás abandonaron sus montañas. El
resto de elfos se maravillaron con sus dragones, aunque la mayoría los temieron.
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Extraído de La Alta
Estirpe de Quivarén, los Señores de los Dragones |
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Memorias Olvidadas |
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Darka Treake |
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