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La
historia de la Alta Estirpe de Anaereá, dijeron algunos, es muy corta, pobre y
está llena de tristeza, pero los verdaderos eruditos sabrían que el suyo era un
cantar a la esperanza.
Cuentan que cuando su
navío llegó a la Tierra de Aradán, el noveno de los doce, pasaron la primera
noche recalados en una preciosa playa escondida. Ninguno de ellos durmió esa
noche, maravillados con la primera tierra descubierta. La primera que veían en
sus vidas... Pasaron la noche observando la costa bajo las estrellas y
escuchando el sonido de las olas llegando a la arena. Se maravillaron de tal
manera, que con las primeras luces, y tras una larga deliberación nocturna,
bajarían a tierra.
Los primeros en hacerlo
fueron el capitán del navío, Dallah, y su esposa Allën. Tocaron la tierra
juntos, de la mano, y tomaron ambos un puñado de arena, el cual guardaron en un
frasquito cada uno. Aquel gesto de amor y descubrimiento daría mucho que hablar
después.
Es cierto que a
diferencia de otros, Dallah y Allën, no fueron coronados y nombrados Rey y Reina
de la Alta Estirpe de Anaereá, pero su civilización se asentó y creció tanto
como las demás. Aquella playa se convirtió en un gran puerto, y en una grandiosa
ciudad más tarde, aunque sería destruida durante el cataclismo que dividió la
Tierra de Aradán.
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Extraído de La Alta
Estirpe de Anaereá |
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Memorias Olvidadas |
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Darka Treake |
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