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Los cinco prisioneros
El pueblo en ruinas
| Los cinco prisioneros es una
escaramuza diseñada especialmente como comienzo de la Campaña de Warhammer
El Trono de Korr. En su ronda de vigilancia por un pueblo remoto en ruinas, un grupo de soldado del Señor Oscuro encontrará a cinco esclavos que están a punto de ser vendidos. Se trata de cinco fugitivos a los que andan buscando. Ésta es la ocasión de detenerlos. El jefe de la compañía de soldados se dirigirá a apresarlos, pero... Cuidado, puede que haya alguien más buscando a esos cinco fugitivos.
Espero que disfrutéis tanto jugando esta batalla, como yo lo hice diseñándola... |
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Mapa del Pueblo en Ruinas
Consecuencias de este escenario en la campaña Ninguna. Esta es una batalla introductoria. Los personajes especiales que mueran en este escenario, pueden seguir participando en la campaña. |
Próximamente os presentaremos aquí una revisión de este escenario de escaramuza.
Vencedor: Ninguno.
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Este ha sido el primer escenario de la Campaña El Trono de Korr. Es una escaramuza en que unos guerreros del caos se encuentran con cinco fugitivos que andan buscando. Ocurre, que al dar con ellos, son sorprendidos por un grupo de Orcos, que también venían a por los fugitivos, pero éstos a matarlos. Todo transcurre en un pueblo en ruinas, donde los dos pequeños ejércitos se enfrentarán a muerte. Y... ¿Quiénes son esos cinco fugitivos a los que tantos buscan?
Mientras representábamos esta batalla en este escenario, nos dimos cuenta que estaba mal diseñado. La distancia a la que estaban los cinco prisioneros de la puerta era excesiva. No habrían llegado en 6 turnos a salir del pueblo. Por ello he de revisarlo, y poner alguna medida para solucionarlo. Podría ser buena idea alargar la partida, u otra forma sería acortar esa distancia hasta la salida del pueblo... |
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Condiciones de Victoria
Si
antes del sexto turno, el jefe guerrero del caos ha |
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Recreación histórica: Escenario I Los cinco prisioneros
El comienzo Los soldados caminaban formando a lo largo de la angosta calle. Aquel pueblo en ruinas era uno de los poquísimos lugares habitados en cientos de kilómetros a la redonda. Las casas no estaban cuidadas, y la mayoría estaban destrozadas, algunas incluso a punto de venirse abajo. Los pocos habitantes del lugar, no eran más que marginados y almas en pena que por diferentes historias personales habían ido a parar ahí. Lo que había sido un pueblo fantasma en otro tiempo, había vuelto a ser habitado, pero aquello no eran ni personas, eran despojos de la sociedad, convictos y asesinos. No eran más que ratas de cloaca. Pero hasta a las ratas de cloaca había que tener vigilados, y el Señor Oscuro ejercía dominio desde su trono a muchos lugares, su amenaza era latente. Todos lo conocían, lo servían y lo temían, sin haberlo visto nunca, si quiera... Por esa razón, por el miedo que infundaba tan sólo su nombre, que no pronunciaremos aun, los soldados podían andar tranquilos por aquella calle. En algún lugar del pueblo en ruinas los soldados tenían un puesto de mando, y desde allí controlaban el lugar, ejerciendo su autoridad sin piedad. De vez en cuando, como era el caso, salían a patrullar por el decadente pueblo. A su paso todos se apartaban. Nada aparecer ellos, el barullo se convertía en murmullo, y las miradas se desviaban hacia otro lado. Aquel día, por llamarlo de alguna manera, pues el pueblo estaba en algún remoto lugar de aquel inmenso desierto en que siempre era de noche, se celebraba una venta de esclavos en la plaza. Todos la llamaban así, la plaza, simplemente, ya que era la más grande del lugar. Los soldados avanzaban en formación, equipados con todo su equipo de batalla, como si marcharan hacia un destino fatal, hacia alguna encarnizada batalla. Pero no, tan sólo estaban de guardia en aquel pueblo asqueroso, y eso era algo con lo que Sar’akarr no podía. Estaba destinado a ese lúgubre sitio, a esa cloaca infestada de pordioseros, desde hacía poco más de tres meses. Y ya estaba harto. Ya no podía más con todo aquello. Él sólo quería marchar a la guerra, él quería matar, saciar su hambre, devorar al enemigo... Había tantos a los que aplastar... Pero no... Él tenía que estar en ese pueblo remoto, bajo la orden de mantener la calma. Aquellos no ofrecían peligro aparente, pero era mejor tenerlos vigilados... cada vez que lo pensaba sentía ganas de escupirle a alguien en la cara... Y en ese preciso momento, en aquella plaza con todos su hombres detrás, formando, iba a darse el lujo de poder hacerlo. Sí... No se iba a cortar. Al entrar a la plaza vio a una mujer mayor, de unos cincuenta y pico años, arrastrando a un niño pequeño de la mano. El chaval había estado pataleando por vete tú a saber, y al ver a los soldados entrar, la vieja lo cogió, tratando de llevárselo. Sar’akarr caminó decidido, con la idea en la cabeza, con unas ganas de escupirle en la cara a esa vieja que casi no se contenía. Ella, al ver que él se acercaba, y sus soldados detrás, soltó al chiquillo y se marchó apresurada. Sar’akarr, al alcanzar al niño, que había dejado de llorar y gritar, y ahora miraba aterrorizado, le propinó una patada en el estómago. Éste volvió a llorar, ahora retorciéndose en el suelo, y el jefe de los soldados continuó su camino hacia la vieja, que huía. Estaba mayor, y no le costó alcanzarla. La tomó por el hombro y al giró con fuerza. - ¿Qué le hacías a ese pobre chaval?- Dijo muy serio bajo el yelmo. Ella no contestó, muerta de miedo. Entonces él la arrojó al suelo, y se quitó el casco negro. Sus lacios y largos cabellos cayeron por fuera de su armadura, y sin miramientos, dio un paso y le escupió a la vieja en plena cara. Ella ni se inmutó. No dio señales de lo impotente que se sentía, estaba demasiado asustada para mover cualquier músculo de la cara, y se quedó ahí tirada, mirando al soldado. Toda la compañía se echó a reír, y él, muy serio, se volvió a poner el yelmo negro. Se giró, y ordenó al resto continuar. En ese momento vio algo que no le pasó por alto. Al otro lado de la plaza, en el puesto del vendedor de esclavos ambulante, había un carro transformado en jaula móvil, y en su interior cinco hombres. Bueno... Cuatro hombres y una extraña bestia de porte humano. Sar’akarr y los soldados se dirigieron al carro, sin dudarlo, aligerando el paso, incluso. Aquellos cinco guerreros eran unos fugitivos, y aquel era el último lugar de ese inmenso desierto donde Sar’akarr pensaba encontrárselos. Tenía que apresarlos. Ésta era su oportunidad de largarse de aquel agujero infestado, e iba a aprovecharla...
El desenlace Cuando Sar’akarr llegó junto al carro, los dos enanos que lo custodiaban lo miraron muy serios. Los dos vendedores de esclavos sabían perfectamente que con los soldados era mejor no meterse, pero tampoco iban a permitir que les robaran la mercancía. Sar’akarr cogió el duro cerrojo de la jaula sobre el carro, y los de dentro lo miraron. Eran cuatro hombres, tres de ellos con armaduras como la suya, y el tercero sin ella, y con ellos había una extraña bestia y un perro enorme. - ¿Cómo abro aquí?- Dijo, sin más. - Nosotros tenemos la llave.- El jefe de los soldados miró al enano, y éste continuó hablando.- Llaves que no os vamos a dar. - ¿Cómo dices, enano? A mí me dan igual tus llaves. Si quiero esta jaula abierta, la tendré abierta.- Y asestó un duro golpe contra la cerrojo con el pomo de su espada, éste cayó al suelo en un par de pedazos. Los de dentro, sin inmutarse, lo miraban atentos. Sar’akarr no puedo evitar mirar a esa bestia que había con ellos, que vestía unos harapos andrajosos y se apoyaba en un gran cayado. - Salid de aquí, os venís conmigo. Uno de ellos, de una corpulencia extrema, se levantó de donde se sentaba y se acercó, agarrándose a los barrotes superiores. - ¿Y vas tú a detenernos?- Dijo arrogante. Ese inmenso hombre era conocido por el sobrenombre de Mastodonte. Eso lo decía todo, lo definía. Era una mala bestia. Sar’akarr , incluso, había ido una vez a verlo competir en un torneo de lucha. Mató a todos sus contrincantes, sin armas, con sus manos... En ese momento, cuando Sar’akarr iba a hablar, algo silbó entre ambos, una flecha disparada desde el otro lado de la plaza, un tiro bien certero, pues casi da a uno de los dos, aunque al final clavándose en el suelo. Los dos miraron a de donde provenía, una ventana de más allá. Alguien los atacaba desde las ruinas... Los mastines de la guardia comenzaron a ladrar, todo, a la vez, y sus ladridos sonaron por toda la plaza en ruinas. Más allá, de la puerta de salida del pueblo, aparecieron unos pocos orcos, y tras algunos edificios, otros grupos más acechando. Era una emboscada. De todas ventanas comenzó a caer una lluvia de flechas, había goblins escondidos, que disparaban de los edificios. En poco tiempo aquello se convirtió en una locura... - Tú verás, Mastodonte... Aquí se va a armar una buena. Podéis encargaros de vosotros mismos, o ayudarnos. - ¿Y qué ganaríamos con eso? ¿Matar a todas esas bestias con las manos donde después pondríais los grilletes? Creo que no... Un hombre cercano a Sar’akarr, a su derecha, un hermano de batalla, cayó herido al suelo con un flechazo incrustado en su armadura. El asta salía al menos un palmo sobre su pierna. En el suelo, retorciéndose de dolor, la agarró con fuerza, y se la arrancó, desprendiendo algo de sangre y un grito. Lo siguiente fue mirar a su jefe. - No tenéis elección, ¿verdad?- Dijo Sar’akarr mirando a su hombre herido en el suelo. - La tenemos.- Contestó firme Andanor, el líder de los cinco.- Puedes sacarnos de aquí, nosotros ayudarte a salvar el pescuezo ante estos burros descerebrados verdes, y luego nos dejas marchar. A nuestro aire. Sar’akarr lo miró fijamente, sin decir nada. Andanor se asomaba a un lado de Mastodonte, apoyado sobre él. Al rededor de ellos, del carro, la lucha comenzaba. Por detrás, el compañero herido ya se había levantado y luchaba contra unos orcos que habían llegado. La cosa se ponía fea, y los esclavistas enanos ahí, mirando, sin atreverse a mediar en la contienda. - De momento salid y ayudadnos. Estáis con nosotros contra ellos, o estáis contra nosotros y contra ellos.- Esa fue la respuesta de Sar’akarr.- Como decíamos antes,- Y esto lo dijo mirando a Mastodonte.- no tenéis elección. Entonces aquel guerrero enorme dio un salto bajando del carro. Se acercó mucho a Sar’akarr, y le miró directamente a los ojos.- Ya veremos después si os dejo marchar yo a vosotros, que esa es la verdadera cuestión.- Sonrió, le golpeó con el puño irónicamente cordial, y comenzó a correr hacia el orco más cercano. Fue todo muy rápido, llegó y le asestó un puñetazo en la barbilla, y su cabeza subió tanto que debió dislocarse el cuello. El orco cayó hacia atrás y se retorció. Antes de que alguno de los otros prisioneros bajara del carro, ya habría muerto...
Los orcos habían preparado una buena emboscada, aunque esperaban superar a los soldados del Señor Oscuro en número. Al mando iba Smibla, aprendiz de chamán goblin nocturno al que le habían permitido dirigir el pequeño ejército. Era una verdadera ofensa, una humillación. Un goblin dirigiendo orcos... Un insulto. Todos despreciaban a los nocturnos, esos austeros retraídos, pero al parecer, Ghulkar, el Señor de la Guerra, señor de todos los orcos al Oeste de los Páramos de las Estrellas, tenía buenas relaciones con ellos. En efecto, Smibla era el aprendiz de un chamán poderoso. Un nocturno muy conocido, del que se decía que estaba en contacto verdadero con los dioses. Y gracias a su influencia sobre Ghulkar, Smibla había logrado dirigir la partida. La misión era clara: asesinar a esos cinco guerreros que parecían ser tan importantes para todos... Smibla, en un alarde de confianza, le permitió al jefe orco organizar el ataque. Un grupo grande entraría por las puertas del pueblo, evitando la huída del carromato con los prisioneros. Otros dos grupos más pequeños aparecerían después por cada lado del edificio, rodeándolo, y por el otro extremo de la calle, llegarían los jinetes de lobo. Lo que Smibla no esperaba era encontrarse a los guardias. ¿Cómo nadie pensó en que era la hora de su ronda? El orco no dio de sí, y no cayó en ello.
La lucha fue brutal. Los mastines del caos corrieron los primeros hacia el grupo grande de orcos, donde estuvieron peleándose la salida del pueblo hasta el final. Los bárbaros corrieron hacia uno de los grupos reducidos, el de la izquierda del carro, y siendo más terminaron por ganar la posición. Los guerreros del caos, los soldados conocidos por ser la guardia del Señor Oscuro, caminaron en formación, algunos, hacia las puerta, donde se batieron valientes, cayendo pocos y tomando al final la plaza tras una sangrienta lucha. El resto quedaron junto a Sar’akarr, protegiéndolo junto a los cinco prisioneros... Las flechas llovían por todas partes. El grupo que apareció por la derecha los sorprendió, y alguno de los soldados cayó. Los cinco prisioneros lucharon fieros, Mastodonte mató a varios orcos con sus propias manos. Gero, el bárbaro, cayó primero, herido con varios flechazos, pero Garthar, el chamán bestia, estuvo cuidándolo en mitad de la refriega. Andanor, valiente, subió al carro, bien decidido a lanzarse a la carga contra los orcos de la puerta. Tenían que salir de ese pueblo en ruinas como fuera... Pero en el momento en que tomaba las riendas de los caballos de tiro, por su flanco izquierdo aparecieron un jinete de lobo y un orco, que cargaron contra el carro, haciendolo trizas en el impacto. Anadnor alcanzó a abandonarlo a tiempo, y comenzó su lucha a pie, apoyado por Fuego, su perro de caza.
Smibla, el nocturno que dirigía a los orcos, se vio solo, escondiéndose en un edificio, en un primer piso casi derruido. Los orcos que iban escoltándolo lo abandonaron a la primera de cambio. En lugar de subir con él a respaldarlo, se quedaron abajo y corrieron a la lucha principal. Algunos en aquel callejón contra los bárbaros, y otros hacia la plaza. Entre estos últimos iba el jefe orco, que no dudó en dejar ahí tirado al nocturno y en correr a ayudar a sus muchachos. El aprendiz de chamán, desde ahí arriba alcanzó a lanzar un hechizo, un proyectil mágico que mató a un bárbaro más abajo, en la plaza. Pero pronto, al ver la amenaza que representaba, Okoh, el guerrero mutante, salió volando de la jaula, luciendo sus formidables alas de plumas negras. Voló hasta el centro de la plaza, donde se detuvo un instante, hasta encontrar al que había lanzado el proyectil, y se acercó a él rápidamente. Lo atacó con sus tres brazos, en el momento en que Smibla le lanzaba de nuevo su hechizo, esta vez a él. Éste lo esquivó, errando por ello su siguiente golpe, momento que Smibla aprovechó para golpearle. Okoh calló entonces al suelo, y al rodar para evitar un segundo golpe, cayó por un agujero en el suelo derruido. El golpe, más abajo, lo dejó inconsciente.
Después de aquello todo ocurrió rápido. Muchos orcos habían caído ya, y las flechas comenzaban a dejar de caer, pues los goblins iban huyendo. Los cinco prisioneros ahora luchaban con los soldados... Eran demasiados. La lucha continuó hasta que los pocos orcos que quedaban salieron huyendo del pueblo, perseguidos un rato por los mastines del caos. Los goblins se dispersaron entre las ruinas de pueblo, y lo mismo hizo Smibla, que se escondió en algún lugar, muy en silencio, solo deseando volver a encontrarse con ellos cinco... En el ultimo momento, justo antes de marcharse, Smibla se detuvo frente al cuerpo de Okoh. Vio esas tremendas alas desplegadas. Qué plumas tan negras, qué bonitas eran... Bajo ellas, su armadura, también negra, de cuya coraza salía un tercer brazo. Aquel hombre mutado debía ser un formidable guerrero. Pensó en asesinarlo ahí mismo. Bastaba con clavarle un puñal, justo por la ranura entre el yelmo y la coraza. Ni siquiera se enteraría, el pobre... Pero no lo hizo. Pensó que no sería una muerte digna, además, no se iba a quedar con las ganas de verle en acción. Pero ahí, en aquel momento, justo antes de marcharse entre la oscuridad de las ruinas, hizo una promesa. Él mataría a ese hombre mutado. |
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